Por: Mario Ramírez Monard
-“Si el toreo es cultura, el canibalismo es gastronomía”. Frase de Manuel Vicent, periodista, escritor y abogado español.
A raíz de una clara disposición de Gustavo Petro, alcalde mayor de Bogotá, mediante la cual quita todo el apoyo de la administración distrital al toreo, se desató una verdadera controversia en la que han intervenido una gran mayoría de opositores a la tauromaquia y una minoría que trata de justificar, razonablemente o no, un evento de violencia y tortura pública contra de uno de los más bellos animales de la naturaleza como es el toro.
Llama la atención que un verdadero luchador de lo social, un hombre que ha expuesto su vida en defensa de los desplazados, un luchador contra la violencia, la discriminación y el desplazamiento en Colombia, el sociólogo Alfredo Molano, sea uno de los defensores de este espectáculo basura donde unos pocos afortunados de la riqueza en nuestro país son defensores a ultranza.
Siendo apenas un niño, leía sobre los actos de persecución y cacería que grandes propietarios y colonos blancos hacían contra indígenas en los llanos orientales. Muchos de ellos justificaban la depredación de seres humanos planteando que los indígenas no eran seres humanos, que eran inferiores, -el mismo razonamiento con que los conquistadores españoles y muchos sacerdotes justificaban la explotación y asesinato colectivo de nuestros primeros pobladores de América- y remataban con la famosa frase:”las acciones contra los indios hacen parte de la cultura llanera”.
La sangrienta tradición del toreo nació en España a mediados del siglo 12 aunque había antecedentes en la Roma imperial cuando toros, tigres y leones eran soltados en lugares públicos cerrados para que se enfrentaran a seres humanos que luchaban por sus vidas.
La palabra ARTE, en su significado más elemental, es la relación de una actividad humana como el lenguaje, la expresión corporal, los sonidos, la visión de la naturaleza, de la vida, de la sociedad, con lo estético.
No puede ser artístico, así traten de justificarlo los defensores, el atropello contra un ser vivo que es traído de lejanos y apacibles lugares donde no hay ruido y muy poca presencia humana, llevarlos encajonados a un lugar de encierro donde no se les da alimento ni agua; golpearlos desde su encierro en pequeños espacios donde escasamente les entra luz, herirlos en su lomo antes de sacarlos y enloquecerlos con los gritos frenéticos de un público enardecido -con muchos borrachos incluidos- para iniciar lo que los “conocedores” llaman la faena, que consiste en que un grupo de personas previamente preparadas para hábilmente eludir las embestidas, grupo que eufemísticamente apodan “la cuadrilla” compuesta por la figura central, unos ayudantes -en caso de que el toro empiece a ganar la pelea- entre los que se encuentran los “banderilleros” otros hábiles y contorsionistas carniceros encargados de hundir palos con garfios en los animales; además hace parte del complot un señor, generalmente gordo, montado en un caballo de enormes proporciones que clava otra enorme lanza en el ya exhausto y sangrante animal para debilitarlo aún más (lo llaman tercio de varas) y facilitar el triunfo del “artista” mayor cuyo éxtasis es clavar una enorme espada en el cuerpo del noble animal.
Por supuesto que estos personajes son atletas con horas y horas de preparación, que se visten con horribles ornamentos y que ganan miles de dólares por corrida. El indefenso animal está solo, y lo único que hace es defenderse del atropello al cual es sometido. Mientras más se le hiera, se le torture, pues es mucho más su agresividad.
Cuando dicen que es una actividad cultural, una heredad, pues digamos que es una de las horribles tradiciones que nos dejaron los españoles y España no es, por el comportamiento de muchos de sus habitantes, un país donde se respete a los animales. No es sino revisar las llamadas fiestas patronales en algunas municipalidades donde lanzan cabras vivas desde las torres de las iglesias ante el alborozo y la alegría de los participantes. En otros sitios a los toros les prenden unas teas en los cuernos, que enloquecen al animal pero que alegran el alma de esos sanguinarios defensores de la “cultura” y la “tradición” de España.
Si realmente el toreo fuera un arte o una verdadera actividad cultural para engrandecer la humanidad, sería un ejemplo a seguir y la mayor parte de los países del mundo adoptarían esa tradición de mínima parte del pueblo español y de otras minorías en algunos países de América latina: Méjico, Perú, Venezuela, Ecuador y nuestra amada Colombia.
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