Por: Mario Ramírez Monard
En la historia de los seres humanos han existido, por lo general, creencias sobre un Ser superior creador de todo lo existente. Es así como aparecen los creyentes en determinadas teorías de trama teológica en la cual cumplen un papel determinado y básico unos seres privilegiados que conforman una casta social: los sacerdotes.
Por otro lado, existen los ateos, grupo sustancial cuyo argumento básico es que no hay ningún Dios ni un ser supremo que haya creado todo. Se fundamentan en las teorías de la evolución como todo un proceso natural de desarrollo en millones y millones de años.
Hay otro grupo –no menos importante- denominado agnósticos, cuya base es la creencia sólo en aquello que puede ser científicamente demostrable. De hecho, no me extiendo mucho en la explicación de los contenidos y filosofía de cada uno de los anteriormente agrupados, pues el objeto no es dictar cátedra al respecto sino presentar a los lectores de La Bagatela algunas reflexiones hoy cuando pululan en el mundo miles y miles de sectas que tratan de subordinar a sus creyentes y seguidores a unos dogmas pero cuyo fin último es el poder y el afianzamiento económico.
Aquí retomo una frase de Jorge Zalamea Borda ese gran librepensador colombiano perseguido en épocas de ignominiosa dictadura en Colombia: “La religión fue inventada por los poderosos para distraer el hambre de los humildes”. (El sueño de las escalinatas. Ancora editores, 1985)
Quiero aclarar que mis incógnitas, creencias, dudas y desconfianzas de tipo religioso las expreso y escribo con total y absoluto respeto por los creyentes de todas tendencias religiosas que hay en mi país y el mundo. No pretendo generar desconfianza hacia pensamientos teológicos o principios religiosos adquiridos o heredados. Tampoco quiero que en esa espiritualidad haya dudas insalvables y mucho menos ganar enemigos por el hecho de pensar diferente. La religión y la política jamás deberán servir para odios y rencores ni para el impulso de fundamentalismos que tanta miseria y muerte han causado en el mundo.
Entonces, si alguien se siente tocado por mis apreciaciones, de antemano presento mis disculpas y pido perdón a quienes consideren que es una ofensa hablar sobre religión y, fundamentalmente, plantear dudas a principios y dogmas que muchos no se atreven a discutir por temor al castigo eterno y arrasador de un Dios fulminante para quien llegare a pecar. Si el hecho de discutir, plantear, dudar o preguntar me va a condenar a lo que los curitas de pueblo aseguran ser “el fuego de los infiernos”, pues me arriesgaré.
Cuando muera, como ser finito y transitorio que soy en el mundo terrenal, no quiero que mis amigos y las personas a quienes amo y me aman recen ni me lleven a iglesia alguna, pues considero que esa casta sacerdotal está integrada por seres humanos –tan pecadores como quienes no la integran_ y que actúa como intermediaria entre los mortales y el Ser superior no son nominados por mí o esos mortales para que nos representen.
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